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“Análisis del mestizaje en Puerto Rico” fue el prometedor y provocador título de una conferencia ofrecida por el Dr. Marc Vía (Universidad de California-San Francisco) en el Recinto Universitario de Mayagüez y reseñada esta semana en dos sitios web del sistema de la Universidad de Puerto Rico (http://www.uprm.edu/ y https://dialogo-test.upr.edu). Como tantas otras promesas, ésta incumplió su propuesta y provocó más confusión que discernimiento respecto al polémico y evadido tema de la raza en Puerto Rico. Las conclusiones presentadas en la conferencia rebasan los límites de lo que una investigación sobre ADN mitocondrial puede revelar. La presencia de material genético en los organelos celulares humanos dice muy poco acerca de la totalidad de nuestros genomas actuales y menos aún acerca de “la identidad puertorriqueña” y las “influencias” que las supuestas tres “razas” (taína, europea, africana) han tenido y tienen en nuestra cultura. Para analizar las identidades y “las influencias” culturales de nuestro pueblo se requiere dialogar, sostenida y críticamente, con nuestra historia, nuestra antropología, nuestra sociología, nuestro arte y nuestra cultura popular. El Dr. Vía confunde el concepto de “raza” con el de ADN mitocondrial y parte de un análisis genético para elucubrar conclusiones sobre fenómenos culturales y políticos. Su lente de biólogo empaña, incluso distorsiona, el complejo panorama racial de nuestro país. En primer lugar, Vía indica que el objetivo de su investigación es determinar cuál de las tres razas tiene una mayor hegemonía en el linaje boricua. ¿Por qué es importante establecer estas jerarquías? ¿Qué contribuye este ranking a la comprensión de nuestra sociedad actual? Tal vez Vía debería consultar a sus colegas biólogos Richard Levins y Richard Lewontin, quienes establecen que la denominada “ciencia” es un proceso social influenciado por ideologías y que hacer ciencia es un acto político, independientemente de los objetivos individuales del científico. Así lo demuestra la calurosa acogida del público y la prensa puertorriqueños a las investigaciones sobre ADN mitocondrial que realzan herencias indígenas o hispánicas, como las del Dr. Juan Martínez Cruzado, colega de Vía. Más allá de su valor científico (que pueden muy bien tenerlo), éstas avalan nuestra tendencia colectiva a renegar de la negritud, privilegiar lo europeo y romantizar lo taíno. El determinismo genético provee así “evidencia” para justificar nuestro racismo. En segundo lugar, la premisa del estudio potencia el peso de la aguja que raya el disco que venimos escuchando desde nuestros primeros años escolares: “los puertorriqueños somos el producto de tres ‘razas’”. Décadas de investigación científica demuestran que el concepto de “raza” carece de fundamento biológico o genético. Sin duda, existen poblaciones que, por razones de cercanía geográfica o asentamiento histórico, comparten unas características genéticas. Pero la genética tiene muy poco que ver con la manera en que los seres humanos nos clasificamos racialmente, ya sea como “blancos”, “negros ” o “indios”. Dicho de otro modo, son las históricas relaciones y discursos de poder de nuestros pueblos los que le han atribuido significados particulares a las características físicas que hoy llamamos “raciales”. El material genético estudiado por Vía guarda absoluto silencio respecto a las características físicas (fenotipo) que, como puertorriqueños, hemos aprendido y enseñado a asociar con distintas razas (“el pelo bueno”, “los ojos lindos”, “las facciones finas”, etc.). En tercer lugar, Vía establece una correlación entre raza y clase cuando asegura que un nivel socioeconómico alto está asociado con una ascendencia europea, mientras que uno bajo está asociado con una ascendencia africana. Esto dista de ser noticia, pues lo mismo se ha constatado históricamente a lo largo y ancho de las Américas. Lo que es una mala noticia y una peor estrategia de relaciones públicas, es el hecho de que el investigador “no se explica aún el por qué de este fenómeno racial”. Esto sugiere una ignorancia garrafal de los procesos socio-históricos de la región y una obstinada negación del racismo como hecho histórico y contemporáneo. El racismo, como ideología y discurso pseudo-científico que legitimó el concepto de “razas”, se utilizó durante la época de expansión y colonización europea para justificar la explotación de indígenas y la compra y venta de africanos como esclavos. La relativa cercanía histórica de este pasado esclavista y el privilegio conferido a las clases y “razas” que todavía hoy se benefician del sistema de valores raciales que ese régimen cimentó, explican por qué en Puerto Rico y en las Américas la afro-descendencia y la pobreza guardan relación. A espaldas de esta contundente realidad, el biólogo plantea la relación entre “raza” y “nivel socio-económico” como un enigma por resolver, implicando que la respuesta a esta pregunta radica en estudios posteriores del ADN mitocondrial. El determinismo genético de Vía insinúa, entonces, que los puertorriqueños con mayor ascendencia africana son menos aptos para desempeñarse en labores de alto rendimiento socio-económico. Queda constatada una vez más la estrecha relación que existe entre la “ciencia” y la ideología. En cuarto y último lugar, las reseñas publicadas aseguran que la investigación de Vía revela “cuáles pueblos se caracterizan por los rasgos exclusivos de una raza específica”. Según se indica, Vía “descubrió” (acto que precede a la conquista y colonización en nuestra historia colectiva) que los ciudadanos del área este de la Isla “poseen una mayor influencia africana”, mientras los del oeste “demuestran una herencia primeramente caucásica”. Reconociendo, como dictan las convenciones del discurso académico, los límites de su investigación, Vía añade que “aún están analizando los factores históricos durante la época colonial, donde estaban los ingenios azucareros y los puertos donde se introducían los esclavos”. Nos corresponde preguntarnos: ¿cómo puede un prometedor “Análisis del mestizaje en Puerto Rico” soslayar la amplia producción académica y cultural que sobre estos temas hemos producido historiadores, antropólogos, sociólogos, críticos culturales y artistas por las pasadas décadas? Más contundentemente aún, nos corresponde preguntarle al Dr. Vía y sus cólegas: ¿cómo puede un estudio sobre ADN mitocondrial llegar a conclusiones sobre los lugares en que existe mayor o menor herencia africana o mayor o menor herencia caucásica? Los términos “herencia” e “influencia” designan en nuestros discursos académicos, mediáticos y populares elementos que el DNA mitocondrial no puede determinar: las aportaciones culturales de los distintos grupos étnicos que se asentaron en Puerto Rico, las clasificaciones raciales que construimos sobre la base de características fenotípicas, etc. Sin duda, en Puerto Rico existen unas regiones donde habitan personas que tienden a ser más oscuras de piel y otras donde habitan personas que tienden a ser más claras de piel. Estos patrones no necesariamente corresponden con la presencia o ausencia de aportes o manifestaciones culturales que la gente asocie con colonizadores europeos o esclavos africanos. Poca gente en Puerto Rico pensaría que en Cayey, por ejemplo, 21% de la población era esclava en 1821. Si Vía hubiese consultado las fuentes históricas disponibles se habría enterado de que en el siglo XIX los municipios con la mayor población esclava eran Mayagüez, Ponce, Guayama y San Germán—ninguno de ellos en el este. Evidentemente, para cumplir, como corresponde, la provocadora promesa de analizar el supuesto mestizaje en Puerto Rico no basta extraer y estudiar 642 muestras de una sección específica del ADN. Para enriquecer y encaminar este necesario debate resulta imperativo reconocer también los estudios, las producciones culturales y las luchas colectivas (Villa Victoria, Piñones, V Vieques, Base Ramey, La Eureka, Caño Martín Peña, Villas del Sol, para mencionar sólo algunas) que documentan el racismo en Puerto Rico, los múltiples vértices que atraviesan el supuesto “linaje boricua”, los regímenes de poder que han sedimentado la centralidad de “lo europeo” y de la “cultura hispánica” en nuestro devenir histórico y las consecuencias socioeconómicas, culturales y políticas de la esclavitud en Puerto Rico. La “ciencia” ha sido históricamente utilizada como capota y espada para defender procesos deshumanizantes que apelan a la “raza” para justificar genocidios, explotaciones, marginaciones y exotismos. Las ciencias y el diálogo que ellas incitan y al que nos invitan a participar son también una provocadora y prometedora vía para cuestionar nuestra colectiva renuencia a reconocernos como afro-caribeños. *Las autoras son Isar Godreau, Jocelyn A. Géliga Vargas, Rima Brusi y María Reinat Pumarejo